Un cielo gris cubre este 15 de julio. El mismo que hace 14 años te vio partir. Lejos quedó aquél momento de intenso dolor. Y nuestras almas siguen acá, con el tiempo, transcurriendo.
El sentimiento es tripartito, pero no decimos nada. Lloramos y callamos en absoluto silencio. Cada uno por su lado, como puede. Creo que ninguno de los tres se anima a ser el primero en confesar la sal en sus ojos y preferimos hacerlo en soledad. Pero dentro de estos corazones hoy te extraña más que nunca.
Y así como los chicos -tus nietos- van cumpliendo años, el cielo también tiene su edad. Y con cada pérdida sufrida, se fue un poco de nosotros mismos. De nuestra alegría, de nuestro ser, de ese sentirse a salvo todo el tiempo.
Y así estamos, así va transcurriendo el curso de la vida. Sin el refugio intacto y con estas ausencias tan presentes.
Pero sabés qué? tengo la certeza de que me escuchás cada vez que te hablo. Desde algún lugar sé que me escuchás. Y nos vas tirando centros cada tanto, para que no aflojemos. Y todas esas cosas que parece que uno ya no recuerda, como tu voz, está en el viento.
Estas lágrimas no son de tristeza. O sí. Son una mezcla en realidad. Porque siento que no llegué a decirte muchas cosas lindas que sentía y no te pude agradecer mirándote a los ojos. Porque me arrepiento de todo lo que hice mal y porque sólo con el tiempo entendí y aprendí muchas otras cuestiones. Qué lástima, qué poco tiempo tuvimos para compartir... qué efímera es esta vida.
Tiempo, tiempo...es imposible detener el tiempo. Y cerrar los ojos, es perder.
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