La primavera no nace sino del despojo de todo lo viejo.
Lo que más quiero es desnudarme, cargada de hojas viejas,
desnudarme y ver cómo te desnudas;
yo de mis miedos y tu de tus sueños
que tanto miedo me daban (o me dan)
porque me veía convertida en un soldadito de plomo de un libro
que mamá y papá no habían podido escribir para ti, pero que te habías jurado a
ti mismo escribir.
Sin faltas, ni faltas, ni ninguna falta.
Lo que más anhelo es ver que te desnudes,
que desees tanto como yo, con amorosa renuncia,
despojarte de tus anhelos incumplidos y a punto de cumplirse.
No nací para entrar en tu historia, vine a cambiarte con un
beso.
Ardo de deseos de verte quitar tu ropa como la primera vez,
que dejes atrás tu camisa, Europa y Asia,
tu pantalón y África
Cómo doblabas tu ropa
nada lo tirabas, nada caía con descuido
todo lo apoyabas de tal manera, que quería darte mis ojos y mi
alma
para que la llevaras a la cuna con tanta tierra y tanta
selva
y las mujeres de todo el mundo lavando la ropa en un río.
Pero mis ojos estaban en su propia fiesta,
acariciando tu piel, que despertaba iluminando el cuarto.
*